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Aprender a decir: yo también lo hice

by Mónica Iris Ortiz Román
Oct 12, 2026
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El siguiente capítulo

Hace algunos años participé en un curso dentro de la empresa en la que trabajaba.

Al final, como parte de la evaluación, teníamos que resolver un caso en equipo. Analizamos el problema, discutimos distintas posibilidades y diseñamos una serie de estrategias para presentar nuestra solución.

Nuestro equipo resultó ganador.

Habíamos hecho un gran trabajo y yo había tenido un papel importante en la dirección y el diseño de las estrategias que presentamos.

Cuando algunos compañeros del área le contaron a mi director que habíamos ganado y mencionaron mi participación, sentí pena.

En lugar de aceptar el reconocimiento, respondí rápidamente:

—Fue un trabajo en equipo.

Y lo era.

Pero esa no era toda la historia.

También era verdad que mis ideas habían sido importantes.

Que había contribuido a darle dirección al trabajo.

Que parte del resultado se debía a mi experiencia, mi análisis y mi capacidad para convertir distintas opiniones en una estrategia.

Sin embargo, en ese momento me resultó mucho más fácil repartir el reconocimiento que aceptar la parte que me correspondía.

La escena de hoy

¿Por qué a algunas mujeres nos cuesta tanto reconocer nuestros logros?

Podemos trabajar durante semanas para obtener un resultado, pero cuando alguien lo reconoce, respondemos:

“Tuve mucha ayuda.”

“Fue cuestión de suerte.”

“No fue para tanto.”

“Cualquiera lo habría hecho.”

“Todo el equipo participó.”

Con una eficiencia admirable —porque para minimizar nuestros logros sí podemos ser rapidísimas— encontramos la manera de explicar por qué aquello que hicimos no merece demasiado reconocimiento.

Si alguien nos dice que hicimos una excelente presentación, hablamos de la persona que nos ayudó con los datos.

Si nos felicitan por dirigir un proyecto, mencionamos inmediatamente lo extraordinario que fue el equipo.

Si reconocen una idea nuestra, explicamos que en realidad surgió de varias conversaciones.

Todo eso puede ser cierto.

El problema aparece cuando utilizamos esas verdades para desaparecer de la historia.

Reconocer la colaboración de otras personas habla bien de nuestro liderazgo.

Borrar nuestra contribución no.

A veces nos preocupa que hablar de nuestros logros nos haga parecer arrogantes.

Queremos ser competentes, pero no presumidas.

Seguras, pero no demasiado seguras.

Visibles, pero sin llamar mucho la atención.

Una combinación bastante complicada.

Entonces aprendemos a esperar que otras personas reconozcan nuestro trabajo mientras nosotras hacemos todo lo posible por restarle importancia cuando lo hacen.

Lo que cambia la historia

Con el tiempo comprendí que la humildad no consiste en negar lo que hicimos bien.

Consiste en reconocer nuestra aportación sin apropiarnos del trabajo de otras personas.

Puedo decir:

“El equipo hizo un gran trabajo y mi participación fue importante para definir la estrategia.”

Las dos partes de esa frase pueden ser verdad.

No necesito elegir entre reconocer a los demás y reconocerme a mí.

Tampoco necesito convertirme en la única responsable del resultado para aceptar que tuve un papel relevante.

El problema de hacernos pequeñas frente a nuestros logros no se limita a un momento incómodo al recibir un halago.

También tiene consecuencias profesionales.

Si nunca hablamos de las decisiones que tomamos, las ideas que propusimos o los problemas que resolvimos, otras personas solo ven el resultado final.

No necesariamente pueden distinguir nuestra contribución.

Y cuando llega el momento de elegir a alguien para dirigir un proyecto, recibir una promoción o asumir una responsabilidad mayor, esa diferencia importa.

No se trata de adjudicarnos todo el mérito.

Se trata de ayudar a que nuestra aportación sea visible y comprensible.

Hoy todavía me cuesta aceptar algunos halagos.

Mi primera reacción sigue siendo, a veces, explicar por qué el logro no fue tan importante o enumerar rápidamente a todas las personas que participaron.

Pero intento detenerme.

Respirar.

Y decir algo tan sencillo como:

“Gracias.”

Aparentemente, un halago puede sobrevivir sin que lo contradigamos.

También intento darle voz a mis logros de una manera más clara:

“Estoy muy satisfecha con el resultado. El equipo hizo un gran trabajo y yo tuve un papel importante en la dirección del proyecto.”

“Gracias. Fue un reto complejo y me da gusto que la estrategia que propuse haya funcionado.”

“Trabajamos muy bien en conjunto. Mi aportación principal estuvo en organizar las ideas y convertirlas en un plan.”

Estas frases no eliminan al equipo.

Solo evitan que yo me elimine de la historia.

Aceptar un reconocimiento tampoco significa que ahora debamos mencionar nuestros logros en cada conversación o convertir una comida familiar en la presentación de resultados del trimestre.

Significa que, cuando sea relevante hablar de nuestro trabajo, podemos hacerlo con precisión.

Sin exagerarlo.

Sin disfrazarlo.

Y sin reducirlo para proteger a otras personas de la posibilidad de pensar que estamos orgullosas de nosotras mismas.

Porque sí, podemos estar orgullosas.

No de una versión inventada de nuestra capacidad, sino de aquello que realmente construimos, aprendimos y conseguimos.

Escribe tu siguiente escena

Piensa en un logro reciente.

Puede ser un resultado profesional, una decisión difícil, un proyecto personal o algo que lograste después de mucho esfuerzo.

Ahora responde:

  • ¿Cuál fue el resultado?

  • ¿Qué hice yo específicamente para que sucediera?

  • ¿Qué decisiones, conocimientos o habilidades aporté?

  • ¿Quiénes más contribuyeron?

  • ¿Estoy reconociendo la colaboración o utilizando al equipo para ocultar mi participación?

  • ¿Cómo contaría este logro si no tuviera miedo de parecer presumida?

Después completa estas frases:

El resultado que conseguimos fue ____________________.

Mi contribución específica fue ____________________.

El apoyo o la colaboración de otras personas fue ____________________.

Finalmente, practica decirlo en una sola frase:

“Logramos ____________________ como equipo, y mi aportación principal fue ____________________.”

No necesitas quitarle mérito a nadie para reconocer el tuyo.

Y la próxima vez que alguien te felicite, intenta no devolver el halago como si te hubieran entregado algo por error.

Puedes simplemente responder:

“Gracias. Me da mucho gusto que lo reconozcas.”

Subráyalo

Reconocer la contribución del equipo no requiere borrar la mía.

Una idea para llevar contigo

Aceptar un halago no es presumir. Es dejar de discutir con alguien que está reconociendo algo valioso y verdadero en ti.

Cuando pienso en aquel curso, sigo sintiéndome orgullosa del trabajo que hicimos como equipo.

Pero ahora puedo contar la historia completa.

Ganamos porque reunimos buenas ideas, colaboramos y construimos una estrategia sólida.

Y yo tuve un papel importante para que eso sucediera.

Decirlo no le quita mérito a nadie.

Solo me devuelve el lugar que también me corresponde dentro de mi propia historia.

¿Qué historia contarás esta semana?

Con cariño,
Mon

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