La falsa paz de decir “como tú quieras”
El siguiente capítulo
Aprendí a ser complaciente mucho antes de conocer la palabra complacencia.
Cuando era niña, mi papá era un hombre muy explosivo.
Quizá el cansancio y las presiones de su trabajo influían. Yo, por supuesto, no entendía nada de eso.
Solo sabía que el ambiente de la casa podía cambiar en unos cuantos segundos.
A veces mi papá llegaba tranquilo y comenzaba a platicar con mi mamá. La conversación parecía ir bien hasta que ella expresaba una opinión distinta de la suya.
Entonces él empezaba a enojarse.
El tono de voz cambiaba.
La conversación se convertía en discusión.
Y yo pensaba:
“¿Por qué mi mamá no le da la razón y ya?”
Desde mi mirada de niña, la solución parecía bastante sencilla.
Si mi mamá estaba de acuerdo con él, mi papá no se enojaría.
Si ella no lo contradecía, no habría discusión.
Si alguien cedía, todo volvería a estar tranquilo.
Yo no estaba pensando en quién tenía razón ni en si mi mamá tenía derecho a expresar lo que pensaba.
Solo quería que la tensión terminara.
Y sin darme cuenta, fui aprendiendo una regla:
Para evitar conflictos, lo mejor es darles la razón a los demás.
La escena de hoy
Esa regla no se quedó en mi infancia.
Con los años empezó a aparecer en conversaciones mucho más cotidianas.
—¿Dónde quieres comer?
—Donde tú quieras.
—¿Qué película vemos?
—La que tú prefieras.
—¿Te parece bien?
—Sí, claro.
A veces, realmente me daba lo mismo.
Pero otras veces sí tenía una preferencia, una opinión o una necesidad.
Solo que expresarla podía provocar una diferencia.
Y una diferencia podía convertirse en desacuerdo.
Y un desacuerdo, en mi historia, se sentía peligrosamente cerca de una discusión.
Así que aprendí a ser flexible.
O, al menos, eso me decía.
No quería parecer complicada, exigente o conflictiva. Prefería adaptarme, facilitar las cosas y evitar que alguien se molestara conmigo.
La estrategia funcionaba.
Muchas veces evitaba la discusión.
Pero tenía un costo.
Cada vez que callaba una preferencia, la otra persona sabía un poco menos de mí.
Cada vez que aceptaba algo que en realidad no quería, la incomodidad no desaparecía.
Solo cambiaba de lugar.
Ya no estaba en la conversación.
Estaba dentro de mí.
Lo que cambia la historia
Ser generosas, flexibles y capaces de ceder es valioso.
No necesitamos convertir la elección del restaurante en una negociación de tres días.
El problema aparece cuando no cedemos porque queremos, sino porque tememos lo que podría pasar si expresamos algo distinto.
Ceder es una elección.
Complacer por miedo es una forma de desaparecer.
La vida fue enseñándome que evitar todos los conflictos no es posible y tampoco siempre es deseable.
Porque existen situaciones que no son especialmente importantes. Si hoy comemos comida italiana en lugar de mexicana, probablemente sobreviviremos.
Pero hay otras en las que necesitamos decir lo que pensamos, queremos o necesitamos.
Cuando una responsabilidad nos rebasa.
Cuando algo nos hace sentir incómodas.
Cuando una decisión también nos afecta.
Cuando alguien cruza uno de nuestros límites.
Cuando lo que está en juego es nuestra seguridad, dignidad o bienestar.
Usar nuestra voz no significa imponer nuestra voluntad, levantar el tono o ganar todas las discusiones.
Significa permanecer presentes en la conversación.
Poder decir:
“Yo lo veo de otra manera.”
“Esto es lo que prefiero.”
“No me siento cómoda con eso.”
“Esto no lo quiero.”
“Necesito que encontremos otra opción.”
Claro que expresar nuestra voz no garantiza que las demás personas reaccionen bien.
Alguien puede sentirse incómodo, decepcionarse o no estar de acuerdo.
Pero la incomodidad de otra persona no significa automáticamente que hicimos algo malo.
Y un desacuerdo no siempre es una amenaza.
A veces es simplemente la evidencia de que en una relación existen dos personas, no una sola voluntad y alguien más adaptándose a ella.
Hoy también pienso en lo que enseñamos a niñas, niños y jóvenes.
Si aprenden que ser “buenos” significa no incomodar a nadie, ¿qué ocurrirá cuando un compañero intente intimidarlos?
¿Cuando un grupo los presione para hacer algo que no quieren?
¿Cuando una pareja no respete sus límites o los coloque en una situación de riesgo?
No basta con enseñarles a ser amables.
También necesitan saber decir que no, pedir ayuda, alejarse y confiar en que sus límites importan.
Y cuando una situación implica violencia, control o riesgo, usar la voz no necesariamente significa confrontar a la otra persona. También puede significar salir de ahí, buscar apoyo y contarle a alguien de confianza lo que está ocurriendo.
A la distancia, miro aquellas conversaciones entre mis padres de una manera distinta.
De niña pensaba que mi mamá debía darle la razón a mi papá para evitar las discusiones.
Hoy no sé todo lo que ella pensaba o sentía en esos momentos.
Pero sí puedo reconocer algo que entonces no entendía:
Al expresar una opinión distinta, mi mamá estaba defendiendo su derecho a tener una voz propia.
Quizá yo quería que me enseñara cómo conservar la calma.
Pero ella también me estaba enseñando que su opinión no dejaba de ser válida porque alguien se enojara al escucharla.
Escribe tu siguiente escena
Durante esta semana, observa cuántas veces respondes:
“Como tú quieras.”
“Me da igual.”
“No importa.”
“Está bien.”
No necesitas eliminar esas frases. A veces expresan una flexibilidad auténtica.
Solo detente un momento y pregúntate:
- ¿Verdaderamente me da lo mismo?
- ¿Estoy cediendo porque quiero o porque temo que alguien se moleste?
- ¿Qué me gustaría decir si no tuviera miedo de provocar un desacuerdo?
- ¿Estoy siendo considerada o me estoy borrando de la decisión?
- ¿Qué necesito expresar con claridad?
Después practica con algo pequeño.
No empieces necesariamente con la conversación más difícil de tu vida. Puedes comenzar eligiendo el restaurante, proponiendo un horario o expresando una opinión diferente.
Prueba alguna de estas frases:
“Yo preferiría ____________________.”
“Entiendo tu punto, pero yo lo veo de otra manera.”
“Esto es importante para mí porque ____________________.”
“No me siento cómoda con esa opción. Me gustaría que buscáramos otra.”
Nuestra voz también se fortalece en decisiones pequeñas.
Decir qué queremos comer puede parecer poco importante, pero nos ayuda a practicar para los momentos en los que sí necesitaremos decir algo mucho más difícil.
Subráyalo
La paz que exige que una persona se borre no es verdadera paz.
Una idea para llevar contigo
Usar tu voz no garantiza que nadie se incomode. Garantiza que tú también estés presente en las decisiones que te afectan.
Todavía hoy, cuando me escucho decir “donde tú quieras”, intento hacer una pequeña pausa.
A veces descubro que realmente no tengo preferencia.
Y otras veces reconozco a aquella niña que aprendió que estar de acuerdo era la manera más segura de conservar la tranquilidad.
Entonces trato de preguntarme:
“¿Qué quiero yo?”
De niña deseaba que mi mamá le diera la razón a mi papá.
Hoy entiendo que, al no hacerlo siempre, me estaba dejando una lección mucho más importante:
Mi voz también merece un lugar en la conversación.
¿Qué historia contarás esta semana?
Con cariño,
Mon
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