El suéter del aparador
El siguiente capítulo
Tengo un amigo que usaba una analogía curiosa: la del suéter del aparador.
Imagina que entras a una tienda, ves un suéter que te encanta, te lo pruebas y decides comprarlo.
Sales contenta con tu elección.
Pero, unos días después, pasas frente a otro aparador y ves un suéter diferente.
Y entonces aparece el pensamiento:
“Ese está más bonito. Me hubiera comprado ese.”
De pronto, el suéter que tanto te había gustado ya no parece tan especial.
El otro se ve perfecto desde el aparador: tiene un color precioso, parece sentarle increíble al maniquí y está iluminado estratégicamente —porque los aparadores también saben hacer su trabajo—.
Además, ese otro suéter todavía no ha tenido la oportunidad de picarte, encogerse en la primera lavada o combinar únicamente con unos pantalones que casi nunca usas.
No tiene defectos porque solo existe como posibilidad.
Y es muy difícil que una elección real pueda competir con una alternativa imaginada.
La escena de hoy
Creo que hacemos algo parecido con muchas de nuestras decisiones.
Aceptamos un trabajo y pensamos qué habría pasado si hubiéramos elegido la otra oferta.
Empezamos un proyecto y nos preguntamos si no habría sido mejor invertir nuestro tiempo en otra idea.
Nos mudamos, nos quedamos, decimos que sí, decimos que no… y después comenzamos a visitar mentalmente el camino que no tomamos.
En ese camino imaginario, curiosamente, todo suele salir bastante bien.
El otro trabajo tenía mejores oportunidades.
El otro proyecto habría crecido más rápido.
La otra ciudad habría sido más emocionante.
La otra decisión nos habría hecho más felices.
No imaginamos los costos, las dificultades ni las renuncias de aquella alternativa. Solo imaginamos sus posibilidades.
Mientras tanto, de la opción que sí elegimos conocemos todo: las complicaciones, las dudas, los días aburridos, los resultados que tardan más de lo esperado y las cosas que no salieron exactamente como habíamos planeado.
La comparación está un poquito arreglada.
Ponemos de un lado una vida real, con todas sus imperfecciones.
Y del otro, la mejor versión posible de una vida que nunca tuvo que enfrentarse con la realidad.
Por supuesto que el suéter del aparador parece más bonito.
Lo que cambia la historia
Uno de nuestros mayores miedos al decidir es equivocarnos.
Pero también nos asusta elegir algo y después seguir deseando lo que dejamos pasar.
Queremos tomar una decisión con la garantía de que nunca miraremos hacia atrás, nunca dudaremos y nunca nos preguntaremos: “¿Qué habría pasado si…?”.
Esa garantía no existe.
Elegir siempre significa renunciar, al menos por un tiempo, a otras posibilidades.
No existe una decisión que nos permita conservar intactos todos los caminos.
Y tampoco existe una forma de visitar el multiverso para comprobar cuál de nuestras versiones habría sido más feliz, más exitosa o habría usado el suéter más bonito.
Quizá la otra opción habría resultado extraordinaria.
Quizá no.
Nunca lo sabremos.
Por eso, no creo que podamos afirmar que la opción elegida siempre fue objetivamente la mejor.
Lo que sí podemos hacer es convertirla en nuestra mejor opción posible.
No porque tengamos que defenderla por orgullo o permanecer en ella para siempre, sino porque es la única que podemos habitar, conocer y construir en este momento.
El valor de una decisión no depende únicamente de lo que elegimos.
También depende de lo que hacemos después de elegir.
Una oportunidad laboral puede crecer con las relaciones que construimos, las habilidades que desarrollamos y los límites que aprendemos a poner.
Un proyecto puede cambiar con las ideas que probamos, los errores que corregimos y las personas con quienes colaboramos.
Una nueva etapa puede adquirir sentido a través de la manera en que decidimos vivirla.
Decidir no termina en el momento de decir “sí” o “no”.
La decisión continúa escribiéndose con nuestras acciones.
Esto no significa que nunca podamos cambiar de opinión.
Una cosa es reconocer, a partir de la experiencia, que una decisión ya no funciona para nosotras.
Otra muy distinta es abandonarla mentalmente todos los días porque seguimos comparándola con una alternativa idealizada.
Podemos revisar nuestras decisiones.
Podemos cambiar de rumbo.
Podemos descubrir nuevas preferencias, probar otras cosas y elegir de nuevo.
Pero no necesitamos pasar toda la vida frente al aparador preguntándonos si el otro suéter habría sido mejor.
La confianza al decidir no consiste en saber que siempre elegiremos correctamente.
Consiste en confiar en que podremos responder a lo que ocurra después de elegir.
Que sabremos aprender, ajustar, aprovechar la experiencia y, si llega el momento, tomar una nueva decisión.
Escribe tu siguiente escena
Piensa en una decisión que sigues cuestionando.
Puede ser reciente o una de esas decisiones que, de vez en cuando, vuelve a visitarte sin invitación.
Divide una hoja en dos partes:
Lo que sé
Escribe lo que realmente conoces sobre la opción que elegiste:
- ¿Qué información tenías cuando decidiste?
- ¿Qué necesidad, deseo o valor tomaste en cuenta?
- ¿Qué te ha permitido vivir o aprender esta elección?
- ¿Qué puedes hacer ahora para aprovecharla mejor?
Lo que estoy imaginando
Después observa la alternativa que no elegiste:
- ¿Qué beneficios le estás atribuyendo sin saber si realmente habrían ocurrido?
- ¿Qué dificultades o costos estás dejando fuera?
- ¿Estás comparando tu realidad completa con la versión más bonita de esa posibilidad?
- ¿Tienes evidencia de que necesitas cambiar o solo estás sintiendo curiosidad por el camino que no tomaste?
Finalmente, pregúntate:
¿Qué puedo hacer esta semana para estar más presente en la decisión que sí tomé?
Tal vez sea comprometerte con una acción, resolver algo pendiente, probar una nueva manera de hacerlo o simplemente dejar de revisar mentalmente una puerta que ya cerraste.
Y si la experiencia te muestra que necesitas elegir de nuevo, también puedes hacerlo.
Cambiar de decisión no siempre significa que la anterior fue un error.
A veces significa que aquella elección ya cumplió su propósito y ahora tienes información que antes no tenías.
Subráyalo
No necesito demostrar que elegí la mejor opción. Necesito decidir qué haré con la opción que elegí.
Una idea para llevar contigo
La alternativa que no elegiste no era una vida perfecta. Era otra combinación de posibilidades, costos y dificultades que nunca llegaste a conocer.
Quizá hoy puedas ponerte el suéter que compraste.
Combinarlo de otra manera.
Usarlo, disfrutarlo y descubrir todo lo que sí puede ofrecerte.
Y si algún día deja de gustarte o ya no te queda, podrás elegir otro.
Solo recuerda que los aparadores son muy buenos para mostrarnos vidas que todavía no han tenido que enfrentarse con la realidad.
¿Qué historia contarás esta semana?
Con cariño,
Mon
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