Ita no había terminado de aprender
El siguiente capítulo
Mi tía se llama Ángeles, aunque todos la llamamos cariñosamente Ita.
Cuando terminó la secundaria, decidió que ya no quería seguir estudiando.
En ese momento, probablemente aquella decisión parecía poner punto final a su vida académica.
Pero resultó ser solamente una pausa.
Con el paso de los años, Ita regresó a la escuela, aprendió distintos oficios y construyó una vida profesional que difícilmente habría podido anticipar cuando terminó la secundaria.
Tuvo una paletería.
Después estudió para convertirse en estilista de belleza y comenzó a cortar el pelo en su pueblo.
Más adelante regresó nuevamente a estudiar, esta vez para ser educadora. Ahí encontró la profesión en la que desarrolló una carrera.
Y, por si todavía le sobraba algo de tiempo y energía, también tuvo una papelería.
La historia de Ita nunca avanzó en línea recta.
Tuvo distintos trabajos, aprendió nuevas habilidades y cambió de dirección más de una vez.
Pero hay una escena de su vida que, para mí, resume especialmente bien su manera de enfrentar los obstáculos.
La escena de hoy
Como educadora en Guerrero, algunas veces necesitaba trasladarse a pueblos alejados del lugar donde vivía.
Había un pequeño inconveniente:
Ita no sabía manejar.
El traslado era una dificultad real. No bastaba con repetir una frase motivacional frente al espejo ni con desear muchísimo que las distancias se hicieran más cortas.
Necesitaba encontrar una solución práctica.
Así que, alrededor de los 50 años, se compró un coche viejo y aprendió a manejar.
Me gusta especialmente esta parte de su historia.
No porque aprender a manejar a esa edad sea una hazaña imposible, sino porque muchas veces convertimos la edad en una explicación automática para no comenzar.
“Ya estoy grande para aprender eso.”
“A estas alturas debería saber hacerlo.”
“Eso tenía que haberlo aprendido antes.”
“Mejor que maneje alguien más.”
Ita podía haber pensado cualquiera de esas cosas.
Quizá incluso las pensó. No lo sé.
Lo que sí sé es que aprendió.
El obstáculo no desapareció: ella desarrolló una capacidad nueva para atravesarlo.
Y aquel coche viejo terminó siendo mucho más que un medio de transporte.
Fue la herramienta que necesitaba para llegar a los lugares donde podía ejercer la profesión que había elegido construir.
Lo que cambia la historia
Con frecuencia hablamos de la perseverancia como si consistiera en elegir un solo camino y avanzar por él sin desviarnos jamás.
Pero la historia de Ita me ha enseñado otra forma de entenderla.
La perseverancia también puede cambiar de oficio.
Puede atender una paletería, aprender a cortar el pelo, volver a la escuela, convertirse en educadora, abrir una papelería y, muchos años después, sentarse por primera vez frente al volante.
No siempre se parece a insistir en lo mismo.
A veces se parece a seguir aprendiendo lo que cada nueva etapa necesita de nosotras.
Ita no volvió a estudiar para borrar la decisión que había tomado al terminar la secundaria.
Volvió porque aquella decisión ya no tenía que definir el resto de su vida.
Esto me parece especialmente importante porque solemos tratar algunas decisiones del pasado como si fueran sentencias.
Si no estudiamos en el momento esperado, creemos que dejamos pasar la oportunidad.
Si nunca desarrollamos cierta habilidad, asumimos que probablemente no es para nosotras.
Si comenzamos algo y después cambiamos de dirección, pensamos que desperdiciamos el tiempo invertido.
Pero ninguna etapa de Ita estuvo completamente separada de las demás.
Cada oficio le permitió conocer personas, resolver problemas, aprender algo y desarrollar recursos que después llevó consigo.
No empezaba desde cero cada vez que cambiaba.
Empezaba desde la mujer en la que se había convertido gracias a todo lo anterior.
La resiliencia tampoco significa que las dificultades no nos afecten.
No es una especie de inmunidad frente al miedo, el cansancio o la frustración.
Y no quiero convertir la historia de Ita en una de esas fórmulas simplistas que aseguran que “si quieres, puedes”, porque sabemos que las circunstancias, las oportunidades y los recursos también importan.
Lo que su ejemplo me enseña es algo más concreto y honesto:
No saber hacer algo todavía no siempre es un límite definitivo.
A veces es una invitación a aprender.
No haber seguido el camino convencional no significa que ya no podamos construir uno propio.
Y encontrarnos con un obstáculo no quiere decir que tengamos que renunciar a lo que queremos alcanzar.
Podemos adquirir una habilidad.
Buscar una herramienta.
Pedir apoyo.
Cambiar la ruta.
O, como Ita, comprar un coche viejo y aprender a manejarlo.
Mi tía ha sido para mí un ejemplo de constancia y resiliencia, pero también de una capacidad que admiro profundamente: la de enfrentarse a los retos sin permitir que cada dificultad se convierta en el final de su historia.
Escribe tu siguiente escena
Piensa en algo que has descartado porque sientes que debiste haberlo aprendido, comenzado o intentado antes.
Puede ser volver a estudiar, usar una nueva tecnología, aprender un idioma, conducir, emprender, cambiar de profesión o desarrollar una habilidad que siempre has delegado.
Pregúntate:
- ¿Qué decisión de mi pasado sigo tratando como si fuera definitiva?
- ¿Qué me gustaría aprender si no pensara que ya es demasiado tarde?
- ¿Cuál es el obstáculo real que tengo delante?
- ¿Qué habilidad, herramienta o apoyo podría ayudarme a atravesarlo?
- ¿Cuál sería el primer paso posible en esta etapa de mi vida?
Después completa esta frase:
Hasta hoy no he aprendido a ____________________, pero puedo comenzar por ____________________.
No necesitas inscribirte mañana a tres diplomados, abrir una papelería y comprar un coche usado.
Basta con identificar el siguiente aprendizaje que podría abrirte el camino.
Subráyalo
No saber hacerlo todavía no significa que ya pasó tu momento de aprenderlo.
Una idea para llevar contigo
La perseverancia no siempre se ve como insistir en el mismo camino. A veces se ve como volver a estudiar, aprender otro oficio o comprar un coche viejo alrededor de los 50 porque el siguiente capítulo está al final de esa carretera.
Cuando pienso en la constancia, no imagino una línea recta.
Pienso en una paletería, unas tijeras de estilista, una escuela, una papelería y un coche viejo avanzando por algún camino de Guerrero.
Pienso en Ita.
En una mujer que cambió de oficio, regresó a estudiar y aprendió lo que necesitaba para seguir avanzando.
Y recuerdo que mientras estemos dispuestas a aprender, nuestra historia todavía tiene capítulos por escribir.
¿Qué historia contarás esta semana?
Con cariño,
Mon
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