La ayuda que no pedí
El siguiente capítulo
Yo esperaba sólo hablar de desempeño.
Terminamos hablando de algo que ni siquiera sabía que estaba haciendo.
Hace algunos años, durante mi evaluación de medio año, mi manager me hizo muy buenos comentarios sobre mi desempeño. Era un gran líder: observador, directo y capaz de señalarte algo sin hacerte sentir que todo lo demás había dejado de contar.
Después de reconocer mi trabajo, me dijo:
—Hay algo que necesitas aprender: no sabes pedir ayuda.
Me explicó que, en algunos de los proyectos que tenía a mi cargo, podría haber recurrido a alguno de mis pares. Tenía personas a mi alrededor con experiencia, conocimientos y disposición para colaborar.
Pero yo no lo había hecho.
El comentario me tomó completamente por sorpresa. No porque fuera injusto, sino porque nunca había pensado que no pedir ayuda pudiera ser un problema.
En mi cabeza, yo simplemente estaba haciendo mi trabajo.
La escena de hoy
Durante mucho tiempo asocié el buen desempeño con poder resolver.
Si un proyecto era mi responsabilidad, yo tenía que sacarlo adelante. Investigar, anticiparme, encontrar respuestas y solucionar cualquier dificultad que apareciera.
No es que pedir ayuda estuviera prohibido, claro.
Pero en mi lista mental de posibilidades aparecía casi al final, cuando ya hubiera intentado absolutamente todo lo demás.
Y, si soy honesta, no era solamente porque quisiera evitar molestar a otras personas.
Pedir ayuda también significaba admitir que no sabía algo, que no podía con todo o que tal vez alguien más podía hacerlo mejor que yo.
Nada muy cómodo para una perfeccionista.
El comentario de mi manager se quedó dando vueltas en mi cabeza. ¿Por qué no pedía ayuda, incluso cuando hacerlo podía beneficiar al proyecto?
Casualmente —o con ese curioso sentido del timing que a veces tienen los libros—, poco después leí The Pursuit of Perfect, de Tal Ben-Shahar.
Y me cayeron varios veintes.
De esos que hacen ruido.
Empecé a reconocer que mi dificultad para pedir ayuda no era únicamente autosuficiencia, responsabilidad o compromiso.
También era perfeccionismo muy bien disfrazado.
Lo que cambia la historia
Yo había confundido hacer bien mi trabajo con demostrar que podía hacerlo todo sola.
Pero no son lo mismo.
El buen desempeño pregunta:
¿Qué necesita este proyecto para obtener el mejor resultado?
El perfeccionismo pregunta:
¿Qué tengo que demostrar para que nadie dude de mi capacidad?
La primera pregunta permite colaborar, consultar, aprender y corregir.
La segunda nos pone a proteger una imagen: la de la mujer competente que sabe, resuelve y no necesita demasiado de nadie.
El problema es que vivir intentando sostener esa imagen no nos hace sentir más seguras.
Hace exactamente lo contrario.
Si creemos que para ser competentes debemos saberlo todo, cualquier duda parece una amenaza. Si pensamos que pedir ayuda revela una carencia, nos esforzamos por ocultar lo que todavía estamos aprendiendo. Y si esperamos hacer las cosas perfectamente, cada decisión se convierte en una oportunidad para fallar.
La perfección promete confianza, pero siempre mueve la meta.
Primero necesitamos hacerlo bien.
Después, hacerlo solas.
Luego, hacerlo rápido, sin errores y, de preferencia, sin que nadie note cuánto nos costó.
¿Cansado? sí, muchísimo!
Con el tiempo entendí que aspirar a mejorar es muy distinto de perseguir la perfección.
Hacerlo cada vez mejor permite probar, preguntar, equivocarnos y aprovechar la experiencia de otras personas.
Hacerlo perfecto no permite nada de eso.
Hoy sigo disfrutando resolver problemas y hacer un buen trabajo. Esa parte de mí no desapareció —ni quiero que desaparezca—. Lo que intento cambiar es la regla que decía que, para que un logro tuviera valor, yo debía conseguirlo sin ayuda.
Porque pedirla no le resta mérito a lo que hacemos.
En muchas ocasiones, es precisamente lo que nos permite hacerlo mejor.
Escribe tu siguiente escena
Piensa en algo que actualmente estés intentando resolver sola.
Puede ser un proyecto profesional, una decisión, una tarea doméstica o una situación personal.
Ahora pregúntate:
- ¿Realmente necesito hacerlo sola?
- ¿Qué temo que alguien piense de mí si pido ayuda?
- ¿Estoy cuidando el resultado o protegiendo la imagen de que puedo con todo?
- ¿A quién podría pedirle una ayuda específica esta semana?
Después convierte la intención en una petición concreta:
“¿Podrías ayudarme con ______ antes de ______? Ya avancé en ______ y necesito tu experiencia o tu mirada en ______.”
No tienes que entregar el proyecto completo ni renunciar a tu responsabilidad.
Solo tienes que abrir la puerta para que alguien más contribuya.
Subráyalo
No necesito hacerlo sola para demostrar que sé hacerlo.
A veces, la confianza no consiste en tener todas las respuestas.
Consiste en saber que podemos encontrarlas, incluso cuando eso implica levantar la mano y decir: “Necesito ayuda con esto”.
¿Qué historia contarás esta semana?
Con cariño,
Mon
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