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La delgadez que aprendí a perseguir

by Monica Ortiz
Aug 10, 2026
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El siguiente capítulo

Hay comentarios que duran apenas unos segundos, pero que se quedan viviendo en nuestra cabeza durante años.

Cuando era niña, yo era muy delgada. No porque me esforzara por serlo ni porque estuviera pensando en mi peso. La explicación era bastante menos interesante: era muy melindrosa, no me gustaban muchas cosas y, por lo tanto, casi no comía.

En alguna ocasión, unos amigos de mis papás hicieron comentarios “a favor” de mi delgadez. Dijeron lo bonita que me veía así, tan flaquita.

Yo no sabía que estaba recibiendo una lección.

Pero la recibí.

La escena de hoy

Años después, cuando llegué a la adolescencia, mi cuerpo cambió. Como sucede naturalmente, empecé a tener más curvas y dejé de ser aquella niña extremadamente delgada.

Un día volvimos a encontrarnos con esos amigos de mis papás y esta vez el comentario fue diferente:

“Ya no está tan flaquita.”

“Ya está engordando.”

Probablemente no hubo mala intención. Quizá para ellos fue una observación sin importancia, una de esas frases que se dicen y se olvidan cinco minutos después.

Ellos la olvidaron.

Yo no.

De pronto sentí que había perdido algo. Antes mi cuerpo provocaba elogios; ahora ya no. Y aunque nadie en mi familia me hizo sentir que estaba gorda o que necesitaba bajar de peso —algo que seguramente me protegió—, aquella comparación dejó sembrada una idea:

Ser delgada era ser bonita. Y ser bonita era una forma de ser aceptada.

Ese comentario no cambió mi vida de un día para otro, pero hizo algo mucho más discreto: se convirtió en una regla silenciosa.

Con el tiempo llegaron otros mensajes, otras comparaciones y otras imágenes que reforzaron la misma historia. Aunque mi peso nunca representó un problema, durante muchos años seguí persiguiendo la delgadez como si de ella dependiera sentirme bien conmigo misma.

Lo que cambia la historia

Hasta que empecé a preguntarme:

¿De verdad necesito ser más delgada para gustarme?

¿En qué momento convertí mi cuerpo en un proyecto que nunca termina?

¿Y cuánto tiempo, atención y disfrute he gastado tratando de alcanzar una versión de mí que siempre parece estar unos kilos más adelante?

No estoy diciendo que dejemos de cuidar nuestra salud. Estoy diciendo que cuidar la salud y perseguir la delgadez no son necesariamente lo mismo, aunque con frecuencia intenten vendérnoslo en el mismo paquete.

Una cosa puede nacer del cuidado.

La otra, muchas veces, nace del miedo a no ser suficientes, atractivas o aceptadas.

Quizá el cambio no consiste en obligarnos a amar cada centímetro de nuestro cuerpo todos los días. Eso también puede convertirse en otra exigencia.

Quizá podemos empezar por algo más realista: dejar de tratarlo como si fuera el requisito de entrada para disfrutar nuestra vida.

Porque mientras esperamos tener el cuerpo que creemos que deberíamos tener, la vida sigue ocurriendo: una comida con amigas, una fotografía familiar, una tarde en la playa, una carcajada, un abrazo.

Momentos que merecen ser vividos ahora, no después de bajar de peso.

Escribe tu siguiente escena

Piensa en una frase que hayas escuchado acerca de tu cuerpo y que todavía influya en la manera en que te miras.

Después pregúntate:

¿Quién me enseñó que mi cuerpo debía verse de determinada manera?

¿Qué he dejado de disfrutar mientras intento cumplir con esa expectativa?

Si mi peso dejara de ser un proyecto, ¿en qué me gustaría usar esa energía?

Esta semana elige una acción que cuide de ti sin tener como objetivo corregir tu apariencia.

No para convertirte en otra persona.

Para vivir mejor dentro de la persona que ya eres.

Subráyalo

Mi cuerpo no tiene que ocupar menos espacio para que yo merezca disfrutar más mi vida.

Tal vez no podamos borrar todas las frases que alguna vez escuchamos. Pero sí podemos dejar de repetirlas como si fueran verdades.

¿Qué historia contarás esta semana?

Con cariño,
Mon

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