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La niña que dijo “maestra”

by Mónica Iris Ortiz Román
Sep 07, 2026
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El siguiente capítulo

Cuando pasé a tercero de primaria, entré a una escuela particular.

Los dos primeros años los había cursado en una escuela oficial que quedaba cerca de mi casa. Pero cuando mis dos hermanas menores estuvieron por comenzar la primaria y el kinder respectivamente, mis papás decidieron cambiarnos a una escuela que tenía un mayor nivel académico.

La idea me emocionaba.

Una escuela nueva podía significar nuevas amigas, nuevos maestros y muchas cosas por descubrir.

Pero también me daba miedo.

No sabía qué tan diferente sería de mi antigua escuela, si estaría en desventaja o si las demás niñas sabrían cosas que yo no.

¿Y si no podía seguirles el ritmo?

¿Y si terminaba siendo —como lo pensaba entonces— “la burra del salón”?

Con todas esas preguntas llegué a mi primer día de clases.

La maestra entró al salón y nos saludó con el clásico:

—Buenos días, niñas.

Todas respondimos:

—Buenos días, miss.

Bueno… no exactamente todas.

Yo dije:

—Buenos días, maestra.

En cuanto escuché mi propia voz, supe que había dicho algo diferente.

Inmediatamente sentí una pena terrible. Me puse roja y quise hacerme invisible, especialmente cuando la maestra preguntó:

—¿Quién dijo “maestra” en lugar de “miss”?

Ahí sí me quería morir.

Yo no había sido la única, pero eso no redujo demasiado mis ganas de desaparecer debajo del pupitre.

Al final, la maestra no nos regañó.

Simplemente nos explicó que, en esa escuela, a las maestras se les decía miss.

Y eso fue todo.

Al menos para ella.

La escena de hoy

Visto desde afuera, aquello no fue más que una confusión pequeña.

Yo venía de una escuela en la que decía “maestra” y acababa de entrar a otra en la que se decía “miss”. Bastaba con aprender la nueva costumbre y seguir adelante.

Pero yo no lo viví únicamente como una palabra equivocada.

Lo sentí como una señal de que era diferente.

Las otras niñas parecían conocer las reglas de ese lugar y yo no.

Ellas sabían cómo hablar, cómo comportarse y qué se esperaba de ellas. Yo sentía que había llegado sin el instructivo.

Aquella no fue la única situación que me hizo sentir así. Durante ese año de adaptación hubo otros momentos en los que dudé de mí, temí equivocarme o sentí que todos notarían que yo era la nueva y venía de otra escuela.

Poco a poco comencé a observar antes de participar.

A guardar silencio para no decir algo incorrecto.

A tratar de pasar inadvertida mientras aprendía cómo funcionaba ese nuevo mundo.

Y así fui convirtiéndome en una niña tímida durante la primaria.

Afortunadamente, durante ese mismo ciclo escolar hice una gran amiga: Paty.

Tenerla cerca me dio a alguien con quien platicar, compartir cosas y sentirme aceptada. Poco a poco, la escuela dejó de parecerme un lugar completamente ajeno.

Paty no podía evitar que yo viviera momentos incómodos ni borrar de inmediato todas mis inseguridades.

Pero hizo algo igualmente importante:

Me ayudó a no atravesarlas sola.

Lo que cambia la historia

A veces pensamos que para ayudar a alguien a sentirse incluido necesitamos hacer algo extraordinario.

Pero la pertenencia suele comenzar con gestos bastante sencillos.

Alguien que se sienta junto a ti.

Que te escucha sin apresurarse a corregirte.

Que te explica algo sin hacerte sentir ignorante.

Que se interesa por conocerte, en lugar de juzgarte por aquello que todavía no sabes.

Una buena amiga no necesita ser idéntica a nosotras ni estar de acuerdo en todo.

Es alguien con quien podemos hablar, que nos escucha y nos respeta. Alguien con quien encontramos intereses en común, pero también podemos mostrar nuestras diferencias sin sentir que por eso dejaremos de pertenecer.

Mi amiga no cambió las reglas de la escuela.

Pero cambió la manera en que yo me sentía dentro de ella.

Con los años he comprendido que esta experiencia no pertenece únicamente a la infancia.

También de adultas entramos a lugares en los que todas parecen conocer las reglas menos nosotras.

Un nuevo trabajo.

Un proyecto.

Un grupo profesional.

Una clase.

Una reunión en la que las demás personas dominan las siglas, las costumbres y hasta los chistes internos.

Todas hemos sido alguna vez la mujer que dijo “maestra” en un salón que decía “miss”.

La que no conocía el código.

La que hizo una pregunta aparentemente obvia.

La que llegó después.

La que venía de un contexto diferente.

La que permaneció callada porque no quería confirmar que se sentía fuera de lugar.

Y también podemos encontrarnos del otro lado.

Podemos ser la mujer que ya conoce el lugar, las reglas y a las demás personas.

En ese momento tenemos una elección.

Podemos mirar a quien llega desde la distancia, esperando que descubra sola cómo funciona todo.

O podemos acercarnos con curiosidad y hacerle un poco de espacio.

Incluir no significa tratar a alguien como si fuera incapaz ni convertirnos en su guía personal para siempre.

Significa no usar lo que nosotras ya sabemos para hacerla sentir menos.

Significa explicar sin exhibir.

Preguntar sin interrogar.

Escuchar sin decidir de antemano quién es.

Presentarla, invitarla y permitir que participe sin exigirle que se parezca a nosotras para ser aceptada.

Ese también es liderazgo.

Uno que no solo sabe entrar a una habitación, sino que observa quién todavía no ha encontrado su lugar dentro de ella.

Escribe tu siguiente escena

Piensa primero en una amiga que haya sido importante para ti.

Puede ser una amistad de la infancia o una mujer que apareció en otra etapa de tu vida.

Pregúntate:

  • ¿Qué hizo para que yo pudiera sentirme escuchada y aceptada?
  • ¿Cómo me acompañó durante un momento de inseguridad o adaptación?
  • ¿Qué podía compartir con ella sin temor a sentirme juzgada?
  • ¿Le he dicho lo que su amistad significó para mí?

Quizá esta sea una buena semana para escribirle.

No necesitas mandarle todo un discurso.

 Puede bastar con decir:

“Estaba recordando una etapa de mi vida y pensé en lo importante que fue tu amistad para mí.”

Después mira a tu alrededor.

¿Hay alguna mujer nueva en tu trabajo, en un grupo o en un proyecto?

¿Alguien que permanece callada porque todavía está tratando de entender cómo funciona todo?

¿Alguien cuyo silencio quizá has interpretado como falta de interés, cuando podría ser inseguridad?

Piensa en una acción concreta para hacerle espacio:

  • Explícale una regla no escrita sin exhibirla.
  • Preséntala con otras personas.
  • Pregúntale qué piensa y escucha realmente su respuesta.
  • Invítala a participar en una conversación.
  • Acércate sin asumir que ya sabes quién es.

A veces una pregunta tan sencilla como “¿Quieres que te cuente cómo funciona esto?” puede cambiar por completo la experiencia de alguien.

Subráyalo

Una buena amiga no siempre elimina nuestra inseguridad; a veces hace que no tengamos que atravesarla solas.

Una idea para llevar contigo

Todas hemos sido alguna vez la que dijo “maestra” en un salón que decía “miss”. Y todas podemos ser la mujer que, en lugar de señalar la diferencia, hace un poco de espacio.

Pienso en aquella niña que llegó a una nueva escuela preocupada por estar en desventaja.

Y pienso también en Paty y en cómo su amistad me ayudó a sentir que había un lugar para mí.

Yo no necesitaba que alguien me asegurara que jamás volvería a equivocarme.

Necesitaba descubrir que podía equivocarme y seguir perteneciendo.

Afortunadamente, encontré una amiga que me ayudó a sentirlo.

Quizá nunca sepamos el alcance que puede tener un pequeño gesto de inclusión.

Pero para alguien que todavía no sabe si hay un lugar para ella, ese gesto puede ser el principio de una historia completamente diferente.

¿Qué historia contarás esta semana?

Con cariño,
Mon

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