No quedó perfecta. Y se la comieron felices.
El siguiente capítulo
En la cuarta sesión de Inténtalo™, las niñas decoran una galleta.
Es una de esas actividades que suenan muy sencillas:
Tomas una galleta.
Eliges los colores.
Haces un diseño bonito.
Y listo.
Solo que el glaseado no siempre coopera.
A veces sale demasiado rápido.
La línea que iba a ser delgadita termina ocupando media galleta.
Los colores se mezclan.
Las chispas caen en lugares en los que nadie las había invitado.
Y aquello que cada niña imaginó no siempre se parece a lo que finalmente tiene enfrente.
Pero entonces sucede algo maravilloso.
Al terminar la sesión, las niñas salen cargando sus galletas y se las enseñan con muchísimo orgullo a sus mamás y papás.
—¡Mira lo que hice!
Las levantan para que puedan verlas.
Explican lo que hicieron.
Presumen los colores que eligieron.
Y después se las comen con muchísimo gusto.
No las esconden porque una línea quedó chueca.
No comienzan a explicar que el glaseado no era de tan buena calidad.
Tampoco sienten la necesidad de aclarar que, en su cabeza, se veía mucho mejor.
Para ellas, la galleta sigue siendo especial.
La hicieron ellas.
Tiene su creatividad.
Cuenta algo de ese momento.
Y, además, sabe rica.
La decoración puede no haber quedado como imaginaron, pero la galleta no ha perdido su dulzura, su sabor ni su propósito.
Me pregunto en qué momento las adultas dejamos de mirar así lo que hacemos.
La escena de hoy
Nosotras también imaginamos cómo deberían quedar las cosas.
La casa perfectamente ordenada.
El proyecto sin errores.
La reunión en la que decimos exactamente lo correcto.
Los hijos seguros, educados, responsables y, de preferencia, sin reclamar porque les quitamos el celular.
Luego llega la vida con su propia manga de glaseado.
Se retrasa algo.
Nos equivocamos.
Perdemos la paciencia.
La casa no está lista.
El resultado queda distinto de como lo habíamos imaginado.
Y, en lugar de pensar:
“No quedó perfecto”, pensamos:
“No lo hice bien.”
A veces incluso damos otro pequeño salto:
“No soy suficientemente buena.”
Así, sin escalas.
Pasamos de una línea chueca en el glaseado a cuestionar la galleta completa.
Y de un resultado imperfecto a poner en duda nuestro valor.
Nos volvemos expertas en detectar lo que faltó.
La comida quedó rica, pero la cocina terminó hecha un desastre.
El proyecto funcionó, pero pudimos haberlo presentado mejor.
Nuestros hijos confían en nosotras, pero ayer perdimos la paciencia.
Logramos algo importante, pero alguien más lo habría hecho mejor.
Podemos tener enfrente una galleta deliciosa y quedarnos observando únicamente la chispa que cayó fuera de lugar.
Lo que cambia la historia
Lo perfecto y lo valioso no son lo mismo.
Lo perfecto se compara con una imagen.
Lo valioso se descubre en lo que algo aporta, significa o permite.
Una casa puede estar desordenada y ser un lugar en el que todos se sienten seguros.
Una conversación puede ser incómoda y ayudar a una familia a entenderse mejor.
Un proyecto puede necesitar ajustes y resolver un problema importante.
Una mamá puede equivocarse, pedir perdón y enseñar con ello algo mucho más valioso que no equivocarse nunca.
Esto no significa que dejemos de esforzarnos o que hagamos todo al “ahí se va”.
Podemos querer mejorar.
Podemos corregir lo que no funcionó.
Podemos aprender a manejar mejor la manga de glaseado la próxima vez.
Pero hay una enorme diferencia entre pensar:
“Esto puede mejorar”
y concluir:
“Esto no vale.”
También hay una enorme diferencia entre reconocer un error y convertirlo en una descripción de quienes somos.
Quizá por eso esta actividad de Inténtalo™ me gusta tanto.
Las niñas no reciben una clase sobre perfeccionismo.
Lo descubren mientras crean algo.
Comprueban que pueden imaginar una cosa y obtener otra.
Que pueden frustrarse un poco, ajustar y continuar.
Que el resultado puede ser diferente sin convertirse en un desastre.
Y, al final, salen felices a enseñarlo.
Quisiera que conservaran esa capacidad durante muchos años.
Que puedan sentirse orgullosas de lo que hacen, incluso cuando todavía están aprendiendo.
Que no tengan que esconder algo valioso porque no quedó impecable.
Que sepan distinguir entre:
“Esto no salió como quería”
y
“Yo no soy suficiente.”
Pero para enseñarles eso, nosotras también necesitamos revisar la manera en que medimos nuestro propio valor.
¿Qué celebramos en casa?
¿Qué corregimos inmediatamente?
¿Qué reconocemos en nuestros hijos?
¿El resultado perfecto?
¿La calificación?
¿La medalla?
¿La habitación ordenada?
¿O también la honestidad, la empatía, el esfuerzo, la valentía de intentarlo y la capacidad de reparar?
Porque nuestros hijos aprenden cuáles son los valores de la familia no solo por lo que les decimos.
Los aprenden observando aquello a lo que damos importancia.
Podemos decir que equivocarse está bien, pero tratarnos con dureza cuando nosotras fallamos.
Podemos decir que la familia es primero, pero vivir preocupadas porque la casa parezca de revista.
Podemos hablar de honestidad, pero incomodarnos cuando nos dicen algo que no queríamos escuchar.
Podemos pedirles que sean auténticos y, al mismo tiempo, enseñarles que todo debe verse perfecto desde afuera.
Tal vez vale la pena detenernos y preguntarnos:
¿Qué queremos realmente que nuestros hijos aprendan de nosotras?
No qué queremos que consigan.
No cómo queremos que se vean.
Sino qué valores queremos que los acompañen cuando ya no estemos cerca para decirles qué hacer.
Escribe tu siguiente escena
Busca un momento tranquilo para conversar en familia.
Pregúntales:
-
¿Qué es lo más importante para nosotros como familia?
-
¿Cómo queremos tratarnos, incluso cuando estamos enojados?
-
¿Qué nos gustaría que alguien dijera de nuestra familia?
-
¿Qué hacemos cuando alguno se equivoca?
-
¿Qué valor nos gustaría practicar más?
Después elijan tres valores.
No tienen que sonar extraordinarios ni venir escritos en con letras doradas.
Pueden ser:
Respeto.
Honestidad.
Empatía.
Responsabilidad.
Valentía.
Generosidad.
Perseverancia.
Humor —que también ayuda muchísimo cuando el glaseado se descontrola—.
Luego conviertan cada palabra en algo que realmente puedan hacer.
Por ejemplo:
En nuestra familia valoramos la honestidad.
Se nota cuando podemos decir la verdad sin miedo, incluso si cometimos un error.
En nuestra familia valoramos el respeto.
Se nota cuando podemos pensar diferente sin burlarnos ni insultarnos.
En nuestra familia valoramos la responsabilidad.
Se nota cuando reconocemos lo que hicimos y buscamos repararlo.
Finalmente, hazte una pregunta a ti misma:
¿Estoy dedicando más energía a que nuestra vida se vea perfecta o a que refleje lo que realmente valoramos?
La respuesta no tiene que ser perfecta.
Qué descanso, ¿no?
Subráyalo
Que algo no haya quedado perfecto no significa que haya perdido lo que lo hace valioso.
Una idea para llevar contigo
Antes de corregir algo, pregúntate si realmente necesita mejorar o si simplemente no se parece a la imagen que tenías en la cabeza.
Pienso nuevamente en las niñas saliendo de la sesión.
Con un poco de glaseado en los dedos.
La galleta levantada como si fuera un trofeo.
Buscando a sus mamás y papás para enseñarles lo que hicieron.
Orgullosas.
Contentas.
Sin disculparse por las líneas chuecas.
Y después, mordida.
Quizá las adultas necesitamos recuperar un poco de eso.
Crear.
Aprender.
Presumir con gusto lo que hicimos.
Y recordar que algunas cosas no tienen que ser perfectas para ser profundamente valiosas.
Ni las galletas.
Ni nuestras familias.
Ni nosotras.
¿Qué historia contarás esta semana?
Con cariño,
Mon
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